viernes, 5 de octubre de 2007

LA QUINTA SOLA

Las flores de los árboles frutales de a poco se van transformando en lo que pronto serían unos hermosos y jugosos frutos. Los insectos, la lluvia y el viento ya han hecho su gran labor y las abejas continúan recolectando el dulce líquido de las últimas flores de los manzanos y cerezos.

La quinta sola era el lugar mágico y prohibido, el sitio en donde las cerezas eran más rojas, las manzanas más dulces y la flor del saúco la más fragante de todas.

El grupo de primos nos deslizamos por entre las hebras de alambre de púas, a riesgo de rasgar nuestras ropas y de que las filosas puntas se claven en nuestra piel. Pero nada de eso importaba, todos entrábamos triunfantes y cada uno corría al árbol más cargado: el de las manzanas dulces.

Trepados en sus ramas alcanzábamos con premura los aún verdes frutos, los mas pequeños, desde abajo apaleaban las ramas para hacer caer las frutas y llenar sus aldadas. Luego cada uno bajaba a un rincón, sentados en el pasto a comer su botín hasta hartarse, lanzando las últimas manzanas lejos, apenas mordisqueadas, ya no podíamos más.

A la hora de marcharse, atacábamos el árbol por últimas vez, para llevar unas cuantas manzanas a casa.

Yo me subí a unas altas ramas con un palo largo para poder alcanzar unas manzanas grandes que estaban allá lejos, con tanta mala suerte que con el palo pasé a pinchar un panal de abejas que se había alojado en el tronco hueco del árbol. Las abejas salieron furiosas y en un instante unas tres de ellas se enredaron en mi pelo.

Rápidamente me deslizo ramas abajo, sacudiendo la cabeza con fuerza, tratando de sacarme esos zumbones insectos antes que lleguen a clavarme su aguijón.

Ya en el suelo, con ambas manos sacudo mi pelo, con la cabeza inclinada hacia adelante, a la vez que voy dando frenéticas sacudidas de cabeza, con fuerza tal que perdí el equilibrio y voy a dar un tremendo cabezazo al manzano que me hizo remecer todos mis pensamientos y caigo sentadita en el suelo, medio aturdida por el golpe.

Ahí quedé, con los ojos revueltos, viendo al lote de niños que a todo dar escapaban de de la nube de abejas que les seguían.

Menos mal que no regresaron por mi. Entonces me puse de pie cuidadosamente y en puntillas busqué un espacio entre el alambrado para escapar de esa ahora no tan mágica quinta sola.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gusto la historia... me trae recuerdos ....

Gonzalo Manquepillan dijo...

Lindisimo blog!!!
Bienvenidos a la blogosfera...
Ya estaremos en contacto mayor.
Un abrazo desde Santiago,

Gonzalo Manquepillan Oyarzo

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